viernes, 5 de enero de 2018

El mito de que el capitalismo causa la brecha salarial de género (II)


En un post anterior vimos cómo el mercado tiene un mecanismo inherente y sistémico cuyo proceso tiende a igualar los salarios de hombres y mujeres cuando la diferencia no sea explicada por el valor de la productividad marginal esperada.  Ahora veremos unos pocos puntos accesorios que se pueden desprender de tal hecho y, de paso, contestaremos ciertas críticas posibles por parte del feminismo socialista que sostiene el mito.

El mercado no “prohíbe por ley”, pero castiga

El socialista moral podría decir que “no alcanza” solo con el incentivo del costo monetario, fundirse y la continua reducción de influencia que propicia el mercado porque “hay que evitar que la discriminación ocurra totalmente” y para ello “el Estado debe prohibirla por ley”. 

Por supuesto, tal argumento suena bien, pero ignora muchas cosas. Primero que nada, el Estado no es omnipotente. Que exista una regulación que lo prohíba, no necesariamente impide que un acontecimiento ocurra de todos modos (fuera de la visión del gobierno). Y mientras suceda fuera del ojo vigilante, la penalidad del Estado no se impone. Por ejemplo, el consumo o producción de ciertas drogas está prohibido con penas severas por parte del Estado en muchos países y aun así estas abundan entre sus habitantes. Segundo, el Estado está compuesto por hombres, muchos de ellos son sobornables y el Estado sistemáticamente favorece la corrupción. El hecho prohibido acontecerá mientras los funcionarios sean corrompidos. Por tanto, por más que se prohíba por ley, el hecho puede ocurrir de todas maneras de la misma forma que puede pasar en el mercado. La pena de cárcel o multa dineraria estatal es “tan incentivo” como lo son las penas que vienen del mercado. Sin embargo, la cuenta de pérdidas y ganancias del mercado es (a) incorruptible, (b) inescapable y (c) actúa de forma absolutamente inmediata. Es igual de severa con todos en cualquier rincón, a cualquier hora y ante ella no hay escapatoria ni soborno que valga. El mercado es inmediato e inescapable, mientras el Estado, no.

Bajo las reglas del mercado, no está “prohibido” discriminar (sin considerar productividad) en el sentido estricto de que nadie nunca jamás lo hará o intentará. Pero el proceso de mercado tiende a provocar que la gente sea menos discriminadora haciendo que lo paguen con su propio patrimonio. En otras palabras, si algunos empresarios quieren discriminar, pueden hacerlo. Pero inmediata e inexorablemente aparecerá la penalidad, la “multa” despiadada del mercado. A causa de ello se volverán sucesivamente una irrelevancia en el mercado o irán a la quiebra y, siendo así, su rango de acción discriminadora será cada vez menor hasta ser impotente. 

A medida que el empleador pierda dinero o gane mucho menos por su decisión tozuda de continuar siendo “sexista”, sus competidores lo desplazarán del mercado y el empresario pasará de seguir siéndolo a ser un asalariado. El emprendedor deja de tener control sobre recursos y puede pasar a ser un empleado más. No solo dejando de influir en el mercado con su “sexismo”, sino convirtiéndose en uno más de los hombres que cada día están más dificultados de encontrar empleo. Su contribución, ahora como oferente laboral adicional, en el margen y ceteris paribus, pone aún más presión a la baja de salarios masculinos en el mercado laboral. En una ironía desconocida para el torpe análisis socialista feminista, al hacer que el empresario expulsado pase a ser un asalariado, el mercado tiende a poner a los empresarios “sexistas” en un lugar que contribuye a la igualación de salarios de hombres y mujeres.

El capitalismo expulsa de su función empresarial a este empresario por su pobre función anticipadora y su insistencia en actuar con criterios no-de mercado sino personales. Al mismo tiempo, el rol de empresario del emprendedor o emprendedores que no se dejaron guiar por su “sexismo patriarcal” se amplía y consolida cada vez más. Bajo el mercado libre, no se tiende a tener preferencias basadas en el “genero” (fuera de la productividad) porque los que las tengan son continuamente expulsados del mercado.

Consumidores sexistas

Dado lo irrefutable del análisis anterior, la única escapatoria para el feminismo socialista es: ¿Y qué pasa si son los clientes los sexistas? Entonces la discriminación podría ser duradera e incluso permanente pues en ese caso ya no hay mecanismo de mercado que castigue el sexismo empresarial. Sin embargo, tampoco acá es cierto que el mercado no penalice. 

Si no es el empresario el que paga con su patrimonio, lo hará su clientela. Los consumidores "sexistas", aquellos que decidan a ir y poner su dinero en lugares o empresas donde deliberadamente solo se contraten hombres (con salarios relativamente elevados) en detrimento de mujeres, ceteris paribus, deberán pagar precios mucho más altos que los consumidores que no discriminan. La penalidad recaerá por completo sobre todos los que discriminen.

En otras palabras, bajo una economía libre, todos los consumidores sexistas son castigados por el mercado con la “multa” de pagar más caro la totalidad de los productos de comercios que también sean sexistas. Si los consumidores “sexistas” desean dejar de pagar el sobreprecio permanente y no ser más pobres de lo que serían si no fueran como son, deberán adquirir productos de empresarios que contraten mujeres y vendan a menor precio, aunque deban hacerlo de manera subrepticia. 

¿Y si todos los empresarios son sexistas-patriarcales por costumbre?

Alguien podría argumentar que todo el análisis anterior no es correcto porque la discriminación sexista es una pauta de comportamiento sistemático social. Es decir que, más allá de las ganancias, TODOS los empleadores (e incluso las empleadoras) van a actuar discriminando por sexo porque así está “establecido socialmente”, porque fueron "criados así", por “costumbre”, “mandato social” o, el término arbitrario, indefinido y multiuso favorito de las feministas; por “patriarcado”. Manteniendo así, el “estatus” de diferencial de salarios masculino-femenino e interrumpiendo el proceso de mercado.

Por supuesto que tal asunción es ridícula en términos teóricos e históricos. No hay ninguna razón por la cual suponer que absolutamente todos los empleadores se comportarán igual. De hecho, solo basta con que uno solo decida poner las ganancias por sobre las “costumbres sociales”, como para que el proceso de igualación se lleve a cabo. 

Este empresario único que contrata mujeres, pagando salarios mucho más bajos que TODOS sus competidores, tendrá, ceteris paribus, costos considerablemente más bajos. Por ende, podrá vender a precios menores que toda la competencia sin sacrificar ganancias. Quienes sean sus rivales e insistan en su comportamiento sexista, verán como venden menos y le compran más al “no sexista”. A medida que este último absorba la cuota de mercado de sus competidores, venderá más, incrementando así todavía más sus ganancias. Para producir más, ganando como gana, deberá contratar más mujeres al tiempo de evitar a los hombres, lo cual tenderá a elevar los salarios de las féminas. Los varones despedidos de las empresas competidoras, las cuales fracasaron porque insistieron tozudamente en ser sexistas, deberán competir con otros masculinos por puestos de trabajo que cada vez se reducen más. Lo cual tenderá a reducir los salarios de los hombres. 

Alguien podría pensar que la tendencia a la baja de salarios masculinos podría aliviar los costos de los empresarios sexistas. Pero el asumir extremamente unas “costumbres patriarcales” por parte de TODOS los empleadores o incluso de un edicto del gobierno lleva a bizarras conclusiones. Dado que “por patriarcado” o ley se “debe” mantener cierto margen diferencial entre salarios de hombres y mujeres, y como ahora los salarios femeninos se han elevado por la demanda siempre creciente del único emprendedor excepcional, entonces los salarios de los varones aún empleados “deben” subir para mantener intacto ese “diferencial patriarcal de costumbre”. Agravando la situación de costos de los empresarios sexistas. Al mismo tiempo, ese salario fijado arbitrariamente y aumentado actúa como un "salario mínimo" que provoca un ejército de hombres desempleados que presionan cada vez más ese salario a la baja.

Si aún con esta elevación de salario de mujeres y baja del de hombres todavía queda un margen importante de diferencia tal que el “no sexista” puede continuar vendiendo a precio reducido y toda la competencia que queda sigue insistiendo con su sexismo, entonces nuestro pionero seguirá derrotándolos con su producto barato. Cada vez más cuota de mercado quedará en manos del pionero a expensas de sus competidores “patriarcales”. Por ende, su demanda de mano de obra femenina será cada vez más importante e influyente y su repulsión por usar trabajo masculino afectará a progresivamente más varones en el mercado laboral. Los salarios de las primeras tenderán a subir todavía más mientras los de los segundos caerán adicionalmente.

Y aun asumiendo el caso más extremo y estúpidamente irreal posible, que absolutamente todos los empresarios “y empresarias” en todo el país son sexistas sin excepción alguna, no se cumple el absurdo patriarcal. Porque bastaría con que aparezca un extranjero interesado en ganancias que ocupe el lugar del empresario “pionero” analizado arriba, como para iniciar el proceso de igualación y derrumbar el relato feminista.

Claro que todo el supuesto anterior es, además de teóricamente absurdo, históricamente falso. Los empresarios más exitosos se han caracterizado siempre, precisamente, por romper con esquemas y costumbres establecidos. Siempre surgió necesariamente una camada que rompió con el "status quo", con lo que aprendieron de niños. Jamás podría asumirse que la diferencia salarial entre hombres y mujeres se debe a que todos los empresarios son esclavos de sus "costumbres patriarcales", porque romperlas y beneficiarse de ello es precisamente una tarea de empresarios.

miércoles, 3 de enero de 2018

El mito de que el capitalismo causa la brecha salarial de género (I)


Este post es sobre Teoría Económica. Es un análisis lógico sobre por qué el capitalismo tiene, inherentemente, un freno automático para cualquier persona o grupo que desee pagar menos a una persona o grupo basado en criterios que no sean el de productividad (por su sexo, su religión, su raza, etc.) No es un post sobre los (muchos muy cuestionables) análisis estadísticos sobre la supuesta “brecha salarial de género”. Ello vendrá, espero, en un futuro post.

Con esto, espero no tener que aclararlo a gente que tiene incorporada la reacción de “eso sucede en la teoría, pero la realidad es…” y a continuación pega el nombre de una noticia redactada incorrectamente o un estudio empírico erróneo, de baja calidad o muy cuestionable.

Básicamente, el feminismo socialista establece que ante un mismo trabajo de una determinada calidad durante un mismo periodo de tiempo en circunstancias similares, a las mujeres se les paga sistemática y considerablemente menos. Observen que necesariamente se debe suponer que el tipo de trabajo, las horas trabajadas y la calidad de su realización son iguales en su ejecución tanto por parte de hombres como mujeres. Porque si no fuera así, ello podría explicar la diferencia en remuneración.

¿A qué se debe que se les pague menos? Al “patriarcado” (ese concepto que es usado como ad hoc para toda explicación que no cierre), es decir, una organización social en la que la autoridad la ejercen, de forma desequilibrada y privilegiada respecto a las mujeres, los varones. Dado eso, ellos pueden pagar sistemáticamente menos a las no privilegiadas féminas por el simple hecho de no pertenecer a la casta que supuestamente ejerce el mando.

De entrada, regalaremos que el argumento feminista es correcto sin siquiera cuestionarlo. Vamos a suponer que realmente es así: el valor de productividad marginal estimado para un determinado trabajo por un cierto periodo de tiempo de una calidad determinada es igual entre hombres y mujeres, pero a estas últimas se les paga un salario menor.

Cuadro basado en el de Walter Block

El feminismo socialista moderno asegura que la productividad de la mujer y el hombre son iguales, pero a la mujer se le paga menos. Por lo tanto, en el cuadro de arriba, tanto el valor de la productividad de los hombres como de las mujeres que trabajan en un lugar determinado es de $100 el día (o la hora o lo que quieran de unidad de tiempo). Esto es lo que le aportan a la empresa, lo que recibe el empresario, sus ingresos. Por otro lado, los costos del empleador son los siguientes: le paga $100 al día a los hombres y $70 a las mujeres. He ahí el tan nombrado 30 % de “brecha salarial”.

Sea cual fuere el diferencial (considerable) de salarios entre hombres y mujeres, algo es claro: ceteris paribus (manteniendo sin cambios los precios de las demás materias primas, insumos, etc. complementarios), los costos salariales contratando solo mujeres serían notablemente menores que empleando hombres. El feminismo socialista pretende decirnos que, al mismo tiempo que asumen que los empresarios son seres egoístas que buscan obtener siempre la máxima ganancia posible, los empleados no van a contratar mayoritariamente mujeres aun cuando por cada día trabajado ganan $30 con ellas mientras que con los hombres ganan $0. Independientemente de esa contracción absurda del feminismo de izquierda, nos quieren hacer creer que la situación del cuadro anterior es estable. Claramente no lo es.

El empresario que tenga un juicio superior y sí contrate féminas, al tener erogaciones salariales menores (invariados los demás costos), estará obteniendo beneficios extraordinarios respecto a sus competidores “sexistas”.

Es evidente que esos beneficios extraordinarios de ese emprendedor inducirán a que (1) sus rivales que ya están en la industria lo imiten contratando más mujeres (en lugar de hombres) para también ganar más y (2) otros productores que se dedicaban a otras industrias o disponen de capital en busca de jugosos rendimientos donde invertirlo entren contratando empleadas dada la tasa de beneficio relativamente más alta.

Por un lado, (a) hay una mayor demanda de empleadas femeninas que puja contra una cantidad (stock) dada de mujeres en un momento del tiempo. (b) En la medida que menos mujeres quedan disponibles para trabajar, porque ya fueron contratadas, más escasa se vuelve relativamente su fuerza laboral. Todo ello, ceteris paribus, necesariamente implica una tendencia a la suba de sus salarios. Por el otro lado, (c) hay una demanda de empleados varones que cae contra una cantidad (stock) dado de hombres en un momento del tiempo. (d) A medida que más hombres quedan desempleados, comienzan a abundar y están dispuestos a tomar el mismo puesto de trabajo por menos. Lo que, ceteris paribus, causa una tendencia a la baja de sus salarios.

En resumen, tenemos unos salarios relativamente bajos (de mujeres) que tienden a subir y otros altos (de hombres) que tienden a bajar. Esos movimientos opuestos hacen que el diferencial que había tienda a achicarse o incluso desaparecer (en términos de ser una diferencia considerable).

Una implicación necesaria es que, descontando el riesgo, en las industrias mano de obra intensivas “dominadas por hombres” (pesca, agricultura, minería, informática, construcción, etc.) debería haber de forma sistemática mucho menor beneficio o tasa de beneficio que en industrias mano de obra intensivas “dominadas por mujeres” (cosmética, venta minorista, salud educación, consumo masivo, publicidad, etc.). Nada en una economía libre impide que ocurra el movimiento de inversión de capital monetario desde las industrias con menores beneficios relativos hacia las de mayor. Tendiendo así a aumentar relativamente los beneficios en las primeras y disminuyéndolo en las últimas. Al producirse la tendencia a la igualación de beneficios, aumenta la inversión (y salarios) en industrias intensivas en trabajo femenino mientras disminuye la inversión (y salarios) en las otras de presencia masculina.

De más está decir, pero debo hacerlo dada cierta tendencia de la heterodoxia a reaccionar con “estas suponiendo X”, que no estoy asumiendo para nada un mundo de “competencia perfecta” ni nada por el estilo. Descontando las críticas irrefutables de la Escuela Austriaca contra esa construcción imaginaria, lo único que se ha descripto en este post es la competencia como proceso de rivalidad, que no existen barreras legales-estatales de entrada o salida. El cómo la intervención del Estado sí puede causar una tendencia a la discriminación sexista será tratado en otro post.

La función del empresario es precisamente anticipar que ciertos factores productivos están sub-valuados dado su potencial valor de producción. En este caso, nos referimos a los servicios laborales que proporcionan las mujeres. Mientras eso pase, necesariamente ello es una oportunidad de ganancia para empresarios. Los beneficios que obtengan, son la recompensa por anticipar el futuro incierto con más exactitud que los demás (comprar servicios de factores productivos a precios de mercado menores que el eventual precio de venta del producto).

Dada la incertidumbre inerradicable del futuro, algunos individuos son más capaces que otros para anticipar las futuras condiciones del mercado. Estas personas tienden a adquirir mayor cantidad de recursos a lo largo del tiempo, mientras los sujetos menos capaces se quedan con menos y hasta son expulsados por el mercado de su función empresarial y pasan a ser asalariados. El proceso de mercado del capitalismo es precisamente el funcionamiento de este “mecanismo de selección” en el cual los empresarios menos exitosos (aquellos que sistemáticamente sobre-valúan los precios de los factores productivos relativamente a las eventuales demandas de los consumidores) son eliminados de su tarea de comandar recursos. En el caso que nos concierne, claramente los más capacitados son los que contratan mujeres antes que hombres y los menos exitosos son los que insisten en seguir con hombres.

Como se ve, no hay nada en el funcionamiento del capitalismo que cause un diferencial considerable, permanente y sistemático de salarios entre hombres y mujeres que sea independiente al valor de productividad esperada (sea por sexo, raza, religión, etc.)

La conclusión es evidente: la propia tendencia de evitar pérdidas y maximizar ganancias es la que asegura que no haya diferencias enormes permanentes en el precio del servicio del factor trabajo (salario) que no vengan justificadas por productividad. Es el propio proceso de beneficios y pérdidas del mercado lo que genera una tendencia a la igualdad de salarios. El mercado libre tiene inherente e inevitablemente una tendencia sistémica a castigar (hacer pagar caro) la discriminación sexista y premiar la inclusión.  

sábado, 23 de septiembre de 2017

¿Son caras las consolas actuales?


Esta es una de las preguntas más frecuentes que se hace el público gamer. Una manera de responderlo, es comprar los precios de las distintas consolas históricamente. El evidente problema de esta comparación es que los dólares de los años 70s no valen lo mismo que los dólares actuales. Es por ello que, como mínimo, la comparación de precio debe tener un ajuste por inflación.

Usando los datos de IPC de Estados Unidos del Bureau of Labor Statistics (BLS) y los precios de salida reportados por el sitio de IGN, podemos ver cuanto costarían las consolas antiguas en dólares a agosto de 2017


Las barras de color naranja son los precios en dólares ajustados por inflación mientras que las de color azul son los precios el año que salieron. La lista está ordenada de mayor a menor de acuerdo a los precios ajustados por inflación.

Lanzada en octubre de 1993, es muy claro que históricamente la consola más cara fue, por lejos, la 3DO de Panasonic, con un precio entonces (U$S 699) que hoy equivale a 1.178 dólares. Seguida muy de cerca por la Neo Geo Advance de SNK que con sus actuales 1.170 dólares (U$S 649 al salir) superaba en potencia en 1991 a sus competidoras SNES y Sega Genesis llevando a los hogares la calidad que solo se veía en los salones de arcade. La consola más potente de su época, y vaya que lo valía.

Volviendo a la actual generación, la primera consola que aparece en el ranking es la Xbox One en el décimo lugar. Lanzada en noviembre de 2013, la última consola de Microsoft fue puesta a la venta a un precio de 499 dólares, que ajustados por la inflación que hubo en Estados Unidos en los últimos 4 años da un precio actual de poco más de U$S 525. Microsoft cometió una serie de errores al inicio de la generación y uno de ellos fue lanzar la Xbox One junto con Kinect en un pack a un precio muy superior a PlayStation 4. Los resultados negativos de esa disposición provocaron que Xbox One bajara luego de precio. Aun así, está muy lejos de los primeros lugares de consolas caras.

Detrás de Xbox One, en el undécimo lugar, se encuentra la futura Xbox One X, que tendrá en noviembre de este año el mismo precio de salida que Xbox One en 2013.

PlayStation 4 aparece recién en el decimonoveno lugar, por debajo de la mitad de la lista. Y PlayStation 4 Pro está todavía más barata en el vigésimo primer escaño.

Finalmente, la Nintendo Switch se corona no solo como la consola de actual generación más económica en su precio de salida, sino también como una de las más baratas de la historia al momento de entrar al mercado. 

En resumen, al menos en términos históricos, las consolas actuales no son caras. 

jueves, 14 de septiembre de 2017

¿Cuántos exclusivos excelentes tiene cada consola de sobremesa actual?


En principio, hay que matizar que estamos en un terreno claramente subjetivo. La elección de qué juegos exclusivos son los mejores en una consola a la hora de decidirse a comprarla es principalmente cuestión de gustos personales. Por ende, dependerá de la escala valorativa subjetiva de cada persona, la cual es incomparable interpersonalmente.

Sin embargo, para realizar este post, usaremos conocidos sitios webs recopiladores de reseñas de videojuegos. Estas páginas lo que hacen es tomar los puntajes numéricos que otorgan muchos sitios web especializados en videojuegos a títulos determinados y colocarles un promedio (a veces ponderado) general.

Muchas, pero no todas, páginas especializadas en videojuegos realizan análisis, críticas o reviews de un título determinado (al momento de salir, un poco antes o después) y le ponen un puntaje numérico dependiendo de qué tan bueno es. Los sitios recopiladores toman buena parte de estos puntajes, los promedian (ponderadamente o no) y exponen un puntaje promedio general.

Veamos cuantos juegos exclusivos tienen PlayStation 4 (PS4), Xbox One y Switch con 90 o más según Metacritic, Open Critic y Game Rankings:


Como se observa, en términos de cantidad total, claramente la ventaja la lleva PS4 poseyendo siete juegos exclusivos (respecto a las otras consolas) con más de 90 en los tres sitios de Internet. En segundo lugar, aparece Nintendo Switch que en sus solo seis meses en el mercado ya tiene dos juegos excelentes. El último lugar es de Xbox One con uno solo.

Ahora bien, muchos preguntarán: ¿Cuáles son esos juegos y qué puntuación (mayor a 90) tienen? Ello se responde en el siguiente gráfico:


En este caso, vemos cada juego, separados por consola, con sus respectivos puntajes en los sitios de Internet y el promedio de los tres.

En términos de valor promedio, y para sorpresa de nadie, aquí Zelda: Breath of the Wild arrasa.

En resumen, si hablamos de cantidad total de títulos exclusivos excelentes (más de 90 de nota) entre consolas, por ahora, PlayStation 4 lleva una clara delantera sobre las demás.






¿Con qué criterio se armaron los gráficos?

Con “exclusivos” debe entenderse juegos propios de una consola respecto a otras consolas de diferente compañía. Además, se toman solo exclusivos interconsolas, no respecto a PC. Por ejemplo, Forza Horizon 3 se puede jugar tanto en Xbox One como en PC, pero en ninguna otra consola salvo la de Microsoft. Por ende, entra como exclusiva de Xbox One. Lo mismo se aplicaría a Nier: Automata, si estuviera en la lista: se tomaría como exclusivo de PS4 aun cuando tiene un port para PC. Es verdad que posiblemente Undertale salga para otras consolas, pero por el momento no hay ninguna confirmación y sigue siendo PlayStation 4 (y Vita) la única en que se puede jugar.

Tampoco se tiene en cuenta juegos exclusivos de una consola respecto a otra consola de la misma marca. Zelda: Breath of the Wild, por ejemplo, tiene versión tanto para Switch como para Wii U, por lo que aparentemente no sería “exclusiva” de la primera. Pero ambos sistemas son de la misma marca: Nintendo. Por ende, entra como juego exclusivo pues en ninguna otra consola rival de la compañía se puede obtener. “Exclusivo”, en este caso, implica exclusividad de la marca de consola, más que de una máquina.

Por juegos “excelentes” se entiende títulos cuyo promedio en cada sitio sea de 90 o más. Sí, tal vez es un criterio demasiado estricto pues, por muy poco, no entran exclusivos que estimo grandiosos como Horizon Zero Dawn, Nier: Automata, etc. Sin embargo, considero que, dada la casi imposibilidad obtener un 100, llegar a un promedio de más de 90 juntando varios sitios de crítica especializada es un logro muy considerable. Adicionalmente, ese promedio de 90 hacia arriba debe obtenerse con 5 o más reviews. A veces, hay juegos en estas webs que logran puntajes altos únicamente porque tienen un solo análisis.

Con consolas “de sobremesa” implico máquinas de entretenimiento que necesitan energía externa (se enchufan para funcionar), requieren conectarse a un televisor y se juegan en un lugar fijo (aunque te puedas mover en ese sitio). Con PS4 y Xbox One esto es evidente. Nintendo Switch también cumple estas características, pero además es utilizable de forma portátil (propiedad adicional de la que carecen las otras dos).

Y por “actual” significa consolas que hoy en día sean conocidas, utilizadas y con expectativas generales de compra futura por parte de la mayoría de los consumidores que no las poseen (o poseen una o dos de las tres). Es por ello que Nintendo Wii U no entra. A pesar de ser conocida y utilizada, no tiene la expectativa general de compra futura. Esa característica, junto a las demás, actualmente es de la Switch. Ya Nintendo ni siquiera la menciona en planes a futuro. Si no me creen, vean solo los primeros 45 segundos del reciente Nintendo Direct y verán que incluso Koizumi habla de Switch y 3DS, pero nada de Wii U.

También hay que tener en cuenta que los juegos admitidos son los de esta generación de consolas. La retrocompatibilidad de Xbox One permite usar juegos de la anterior Xbox 360 y, próximamente, de la primer Xbox. Ello habilitaría la entrada de muchos juegos con 90 o más. Sin embargo, los juegos de Xbox 360 se pueden usar en Xbox One, pero no son títulos hechos para esta última.

Por último, en la elección de juegos se toman en cuenta las remasterizaciones (por ejemplo, The Last of Us, Journey, etc.), pero no las expansiones (como Final Fantasy XIV: Stormblood que hasta hace poco cumplía la meta de 90). No creo que deba explicar la diferencia entre un juego remasterizado y hecho para una consola y la retrocompatiblidad, poder usar un juego no hecho para  la consola.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El mito de que las máquinas causan desempleo


La idea popular de que la automatización de los procesos productivos genera desempleo de la mano de obra es tan vieja como la Revolución Industrial. Es un concepto que suele ser resumido en frases como “la máquina reemplaza/desplaza/sustituye al hombre”, “desempleo tecnológico”, “empleos que serán destruidos por máquinas”, etc. y que domina el debate, así como el sentido común, del ciudadano de a pie. 

Como en otros casos, aunque no ocurre siempre, el sentido común se equivoca gravemente. Los economistas han refutado la afirmación anterior desde hace más de cien años. A continuación, veremos una serie de razones económicas por las que es falso que la introducción de máquinas genere desempleo masivo.

(1) Producir la máquina requiere empleo de mano de obra

Buena parte, o todos, los despedidos por la introducción de la máquina se compensan porque para fabricarla necesariamente se requirió mano de obra. Sin hacer esa máquina, ese empleo de construirla no existiría (Hazlitt, 1946: 38).

Lo que crea las máquinas ¡ES UNA INDUSTRIA! O, mejor dicho, en general es alguna industria o una empresa. Y, como toda industria o empresa que se expande, emplea más gente (entre otros insumos como materias primas, energía, terreno, etc. cuya expansión de producción puede también demandar más empleo).

Pero aun asumiendo que la industria de la máquina, y sus ramificaciones, no logran compensar todos los puestos de trabajo perdidos; quedan otras razones.

(2) Los beneficios que gracias a la máquina generan empleo

¿Con qué propósito se introduce la máquina en primer lugar? Para que (se espera) reduzca los costos de hacer un producto. Si no (se esperara), no se habría adquirido. Ello brindará al adquirente beneficios mayores que sin la máquina. En un principio, puede se usen para pagar el costo de adquirir la nueva tecnología, lo que quede después es ganancia para el empresario.

Luego de que la máquina “se paga a sí misma”, el empresario está obteniendo ganancias mayores que antes (asumamos que vende el producto al mismo precio que lo venía haciendo, con sus costos ahora disminuidos por la máquina). Si se ve solo desde el punto de vista individual del empresario, como lo haría un progresista, parece que solo él gana y encima no hay más empleo. Pero cuando hacemos el análisis social y completo, el empleo aumenta y sus ganancias no son permanentes.

Los beneficios adicionales del empresario pueden usarse en (a) ampliar sus instalaciones (comprando más maquinas o contratando más gente) para hacer más productos, (b) invertir en alguna otra industria o (c) aumentar su propio consumo. Cualquiera de esas opciones amplía la cantidad de puestos de trabajo: ya sea fabricando más máquinas, ya sea ocupando empleados adicionales en otras industrias o con los contratados para producir más bienes de consumo adicionales (Hazlitt, 1946: 38-39).

(3) La competencia genera más empleo

Los mayores beneficios en relación a los de los demás productores, tenderán a atraer competidores que imitarán su ejemplo, aumentando la demanda y producción de más máquinas. Si los otros se resisten a adquirir la máquina, el empresario pionero en la mecanización con su eficiencia comenzará a expandir sus operaciones a costa de ellos (absorbiendo a sus empleados ya sea trabajando para el pionero o haciendo máquinas adicionales que este demanda). Y para producir esas máquinas, se demandará trabajadores adicionales.

La mayor producción ofrecida y eficiencia gracias a las máquinas, permitirá reducir el precio del producto, mientras los beneficios “extraordinarios” se agotan en el proceso de competencia entre los adoptantes de la máquina que baja el precio (Hazlitt, 1946: 39). 

(4) El empleo cambia de composición, pero no disminuye, y la productividad aumenta

La introducción de la máquina se hace para aumentar la productividad. Esto significa (a) producir mayor cantidad del mismo producto por unidad de tiempo (más “output” por unidad de “input”) o también (b) producir productos de mejor calidad (inviables sin la introducción de la máquina). Ceteris paribus, el aumento de oferta del bien A (que haya más del mismo producto o que se ofrezca uno de mayor calidad que antes no se ofertaba) disminuye su utilidad marginal respecto de la de los demás bienes. Por ende, la mano de obra tiende a retirarse de la producción de A y queda disponible para ampliar la producción de otros artículos B, C, D, etc. Esos proyectos de producción solo son rentables y viables gracias a la introducción de la máquina y la mejora de fabricación del bien A. Antes de la máquina, esos proyectos no se llevaban a cabo. ¿Por qué? Porque la mano de obra estaba ocupada produciendo al artículo A, cuya demanda era más urgente que la de los demás productos. La causa por la cual se reduce la mano en la industria de A, luego de introducir la máquina y producir más A, es que aumentó la demanda por trabajadores en los demás sectores que ahora se pueden expandir y que antes de la máquina no podían (Mises, 1949: 768).

Una mejora tecnológica o más y/o mejor maquinaria va a incrementar el empleo en una industria donde la demanda de su producto sea “elástica” (ante una baja de precio de un cierto porcentaje, la cantidad demandada del producto aumenta en porcentaje mayor). Si el precio baja, digamos, un 10 % y la cantidad demandada aumenta en 50 %, entonces para producir esa cantidad adicional (posible gracias a la baja de precio, que a su vez es viable por la reducción de costos debida a la introducción previa de la máquina) se demandará más empleados. La ampliación de la producción expande el empleo en la industria. E incluso usando la máquina “ahorradora de trabajo”, se necesitan a todos o buena parte de los trabajadores despedidos para producir más y alcanzar la demanda. Es decir, se precisan más empleados que los que eran necesarios antes de aparecer la máquina.

Pero aun asumiendo que la demanda del producto es “inelástica” (ante una baja de precio de un cierto porcentaje, la cantidad demandada del producto aumenta en porcentaje menor o incluso no aumenta en absoluto), no se pierden empleos netos por mayor innovación tecnológica. A diferencia del caso anterior de demanda “elástica”, esta vez la demanda no aumenta suficiente para absorber a los despedidos. Ciertamente esa industria puede demandar menos trabajadores y otros recursos, pero como el precio del producto disminuyó por la mayor productividad, la gente gasta menos en adquirirlo. Los fondos adicionales que ahora tienen (gracias a la baja de precio del producto), los gastarán en otro lugar* generando más producción y más empleo en otras industrias. Los trabajadores son despedidos de una industria que produce un bien para trabajar en otras que hacen otros productos. En resumen, usar máquinas y disminuir el empleo en industrias con demanda “inelástica” provoca que esos trabajadores vayan a industrias con demanda “elástica”. El empleo cambia de composición, menos en industrias de demanda “inelástica” y más en las de demanda “elástica”, pero no necesariamente se reduce. El trabajo se expande en unas industrias y se contrae en otras.

En los dos casos antes mencionados, además hay una fuente de trabajo adicional ofrecida para trabajadores: la industria que hace maquinas nuevas y se está expandiendo (Rothbard, 1962: 588; Fairchild, 1952: 478-81).

(5) Miopía analítica

En última instancia, la falacia del desempleo tecnológico se debe al limitado, arbitrario e incorrecto punto de vista miope de concentrarse exclusivamente en un sector.

Lo de que “la maquina dejó desempleado” a uno o varios trabajadores únicamente es cierto desde el punto de vista de la industria o empresa. Cuando se hace el análisis global, ya no lo es. Al usar este argumento, los progresistas que siempre acusan (falsamente) a los liberales de ser “atomistas”, “individualistas” o que “no tienen en cuenta que los hombres viven en sociedad”; caen en la contradicción de hacer un análisis individual o sectorial y olvidar el estudio social.

Si una persona que fue despedida, porque una maquina ahora hace su trabajo, encuentra empleo en otro lugar, entonces en este caso no hubo desempleo generado por la mecanización. La persona no está desempleada. Solo si se ve el empleado despedido y no se mira que el mismo encontró otro empleo en otro lugar o industria, tiene sentido la tesis alarmista. 

Cierto, la máquina “hizo que lo despidieran” (que perdiera su antiguo trabajo), pero eso no necesariamente lo hace desempleado (imposibilitado de encontrar un nuevo trabajo)**. La máquina pudo haber quitado su puesto de trabajo anterior, pero de ninguna manera le sacó su potencial nuevo empleo. Por ende, la introducción de la maquina “reemplazando” al hombre no causa desempleo.

¿Y si no hay suficientes empleos adicionales para absorberlo? No hay ninguna razón para pensar ello, al menos en una economía libre. Primero, los servicios del factor trabajo son un factor productivo relativamente escaso (respecto a la tierra, por ejemplo) y no-específico. Dado que es uno de los más escasos, no hay ningún incentivo para mantenerlo ocioso, sino al contrario: economizarlo (utilizarlo en los usos más urgentes siempre que sea posible). Segundo, las necesidades humanas por bienes o servicios útiles intercambiables están muy, pero muy, lejos de estar completamente satisfechas. Y no solo no están satisfechas, encima no son siempre las mismas, cambian constantemente. Es más, aun en el supuesto irreal de que la inmensa mayoría estuvieran satisfechas, ello requeriría una inmensa e intrincadísima estructura de capital. Solo el mantenerla requeriría una brutal cantidad de trabajo (Rothbard, 1962: 587).

Si no hay mayor cantidad y calidad de oportunidades laborales, la razón hay que buscarla en la intervención estatal. Allí donde los impuestos sean muy altos, las regulaciones muy numerosas, amplias y prohibitivas, haya salario mínimo, beneficios de desempleo o sindicatos privilegiados, donde el Estado absorba buena parte de los recursos gastando mucho, etc.; muchos menos proyectos de inversión se llevarán a cabo. Y, por ende, muchas menos oportunidades de trabajo habrá si uno pierde su puesto. Si el gobierno destruye los nuevos empleos y los potenciales, entonces no es la maquina la que genera desempleo. Para sorpresa de nadie en ningún lugar, es el gobierno el que lo hace.





* Obviamente, no gastarán mucho más en el mismo producto o industria pues la propia definición de demanda inelástica (supuesto inicial) implica necesariamente que la cantidad demandada cambia poco o no lo hace ante variaciones de precio. Como sí podíamos asumir, por ejemplo, en el primer caso de la demanda elástica, que todo lo que les sobraba de dinero a los consumidores, gracias a la baja inicial de precio, lo gastaban solo en adquirir más del producto.

** Por supuesto que puede ocurrir un “desempleo” si el trabajador despedido insiste en buscar únicamente el trabajo exacto que ahora hace una máquina al mismo salario o mayor. Pero eso sería desempleo voluntario, el cual no es un problema. Si un trabajador insiste en aceptar solo sus propios términos para un puesto y estos no se pueden cumplir, difícilmente encontrará empleo. Pero eso ocurrirá no solo en el caso de las máquinas, sino también en cualquier otro caso que no las involucre. Si, por ejemplo, para entrar a trabajar a una universidad por primera vez insisto en ingresar como el director cobrando $160.000 al mes, voy a permanecer sin encontrar trabajo allí. El empleado que desee únicamente y sin excepción trabajar hoy haciendo autos en una línea de montaje como en los años 20s, habrá elegido quedarse desempleado en la industria automotriz. Ni siquiera en estos casos ocurre desempleo involuntario.



Fairchild, Fred R. (1952) Understanding Our Free Economy: An Introduction to Economics. D. Van Nostrand Company.

Hazlitt, Henry (1946), Economics in One Lesson. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute. 2008.

Mises, Ludwig von (1949), Human Action. The Scholar's Edition. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute. 1998.

Rothbard, Murray N. (1962) Man, Economy, and State, with Power and Market. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute. 2004.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Milton Friedman sobre el verdadero Patrón Oro


Milton Friedman nunca se ha caracterizado por defender irrestrictamente el Patrón Oro sino al contrario, lo ha criticado por sus supuestos "altos costos" de recursos (Friedman, 2002 [1962]: 42). Sin embargo, Friedman (1976) luego admitiría correctamente cuál sería la forma de un auténtico Patrón Oro (traducción mía): 

Un real y verdadero Patrón Oro tiene muchas ventajas. Si tal patrón pudiera existir, sería uno en el que el oro fuera literalmente dinero y el dinero literalmente oro. En el cual las transacciones serían hechas literalmente en términos del propio metal amarillo o piezas de papel que fueran 100 por ciento certificados de almacén de oro. Bajo un Patrón Oro de este tipo, o uno ligeramente modificado, los gobiernos tendrían muy poca libertad de acción para adoptar política monetaria. 

Luego, también describía cómo posteriormente a 1914, y con el abandono del Patrón Oro Clásico, jamás se retornó a un verdadero Patrón Oro (traducción mía): 

El Patrón Oro que emergió luego de la Primera Guerra Mundial era mucho más débil de lo que supo ser antes y se debilitó todavía más luego de 1934. Era copiosamente endeble porque los gobiernos se estaban convirtiendo en criaturas muy diferentes. De ser elementos menores en la economía, con presupuestos pequeños y poca intervención, pasaron a jugar un rol cada vez mayor y a aceptar ser más y más responsables del curso de los eventos. 

Pasamos de un Patrón Oro real o, al menos, una aproximación a uno; a un sistema que he llamado un pseudo Patrón Oro, un Patrón Oro falso. Un sistema en el cual, en lugar del oro ser dinero y determinar la política del país, el oro era una mercancía cuyo precio era fijado por los gobiernos. En lugar de dejar que los flujos de entrada y salida de oro dominaran la política monetaria doméstica, era la política monetaria doméstica la que ahora determinaba qué ocurría con el precio del oro y con los flujos del metal. 

Sin entrar en discusión de cosas muy cuestionables sobre su artículo (por ejemplo, si es correcta o no su tesis de que no se puede ni es "deseable" retornar a algo similar al Patrón Oro Clásico hasta que el gobierno vuelva a ser 10 % del PBI y que reine el laissez faire), incluso el lider de la Escuela de Chicago reconoce que luego de 1914 solo se impusieron pseudo Patrones Oro (como el Patrón de Cambio Oro I y el Patrón de Cambio Oro II). 










Friedman, Milton (2002 [1962]), Capitalism and Freedom: Fortieth Anniversary Edition. Chicago: The University of Chicago Press.

Friedman, Milton (1976), "Has Gold Lost Its Monetary Role?". En Meyer, Feldberg; Kate Jowell y Stephen Mulholland Eds. (1976) Milton Friedman in South Africa. Cape Town and Johannesburg: Graduate School of Business of the University of Cape Town and The Sunday Times. 34-41.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Pseudo Patrones Oro: El Sistema de Bretton Woods (1946-1971)


Mientras que, terminada la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña impuso su inflacionario y manipulable pseudo Patrón Oro llamado “Patrón de Cambio Oro”; al finalizar la Segunda Guerra Mundial, llegó el turno de los norteamericanos. El nuevo Patrón de Cambio Oro impuesto en 1945 sería conocido con el nombre de “Sistema de Bretton Woods”, pues surgió de las conferencias en Bretton Woods, New Hampshire, en julio de 1944. Esta vez, el Patrón de Cambio Oro anduvo mucho mejor que el impuesto entre 1925 y 1931, pero aun así no era otra cosa que otro inflacionario y manipulable pseudo Patrón Oro. 

Para demostrarlo, volveremos a hacer lo que ya hicimos antes, fijarnos si cumple con las características esenciales de un auténtico Patrón Oro:

(a) El oro es el dinero. Por ende, no existen monedas distintas ni tipo de cambio fijo. El oro no es el dinero. En Estados Unidos desde 1933 estaba prohibido coactivamente que los ciudadanos tengan cualquier tipo de oro (monedas, bullion o certificados de oro). Única y exclusivamente los gobiernos y bancos centrales extranjeros pueden obtener bullion. Es un sistema de tipo de cambio fijo: el oro es comprado y vendido por la autoridad a un precio fijo de un dólar = 1/35 de onza o 35 dólares la onza. Los demás países y sus autoridades monetarias mantienen un tipo de cambio fijo con el dólar.

(b) Su cantidad está determinada por las fuerzas del mercado: la demanda y también la oferta. No existe peligro de que una nación no tenga suficiente dinero. El banco central goza del monopolio de la oferta monetaria. Puede incrementar la cantidad de circulante independientemente de la proporción a la producción o existencias de oro.

(c) La unidad monetaria es (de hecho y legalmente) definida en términos de peso de oro de una determinada fineza. Las reservas bancarias están completamente centralizadas en una agencia del gobierno (banco central) y se vende oro por dólares a un “precio fijado” a los bancos extranjeros. La unidad monetaria ya no es un nombre, sino que hay un precio fijado.

(d) Las notas de banco y depósitos a la vista son redimibles instantáneamente por oro a valor par. Los dólares, otras notas de banco y depósitos a la vista ya no son redimibles instantáneamente en monedas de oro, ni en bullion, ni en nada de oro para los norteamericanos a ningún valor. Solo se permite a los gobiernos y bancos centrales extranjeros, en bullion.

(e) Las monedas de oro, así como el bullion, circulan con total libertad junto con las notas de banco y depósitos (es decir, sustitutos monetarios). Dada la prohibición completa de oro para todos los ciudadanos, ni las monedas de oro ni el bullion son usados en los intercambios diarios. Circulan en su lugar las notas de banco de la Fed (dólares) y los depósitos denominados en ellas.

(f) Se permite funcionar correctamente lo que se conoce como mecanismo Flujo Precio-Especie. El mecanismo de flujo especie no funciona. Ya no hay proceso de reversión que detenga la expansión monetaria ni que equilibre la balanza de pagos. Inflación y desequilibrio crónicos.

Veamos en más detalle cada punto:

En cuanto a (a), básicamente el sistema de Bretton Woods es un nuevo sistema monetario internacional de divisas con tipo de cambio fijo basadas en el dólar.

Toda posesión de oro por parte de los estadounidenses quedó absolutamente prohibida con la Orden Ejecutiva 6102 del 5 de abril de 1933. En uno de los actos más ridículamente dictatoriales y criminalmente expropiadores de la historia humana, el presidente Roosevelt obligó a los ciudadanos norteamericanos a entregarle antes del 1 de mayo todo el oro que tuvieran en monedas, bullion y certificados de oro bajo multas de 10.000 dólares de entonces (¡¡¡Casi 186.000 dólares hoy en día!!!) o hasta 10 años de prisión o ambas si no cumplían. Todo el oro debía ser depositado en algún banco miembro de la Reserva Federal. A cambio, les darían dólares al precio de 20,67 dólares la onza. Por supuesto, luego esos dólares serían devaluados hasta 35 dólares la onza, aun cuando los ciudadanos no podían ir a adquirir oro ni por ese precio. Solo ciertas personas que por necesidad usaban oro en sus actividades podían conseguirlo, teniendo licencia y llenando papeleo. Por ejemplo, los dentistas adquirían oro únicamente para propósitos de ser utilizado en prestar sus servicios. Las personas ni siquiera podían tener oro fuera de Estados Unidos, en alguna cuenta en el exterior.

A diferencia del anterior sistema de Patrón de Cambio Oro, donde lo eran el dólar y la libra, esta vez únicamente el dólar es la divisa clave. Solo el dólar era directamente convertible en oro al precio fijo y previamente devaluado de 35 dólares la onza. Los únicos que podían convertir sus dólares a oro por ese precio eran las “instituciones oficiales” (bancos centrales y gobiernos extranjeros). Como ya se mencionó, los ciudadanos americanos no solo no podían convertir sus dólares a oro, sino que además hasta tenían prohibido si quiera poseer el metal.

Todas las demás divisas, podían ser convertidas en dólares a un tipo de cambio fijo aunque ajustable. Es decir, que las demás naciones y bancos centrales del mundo no tenían como reservas oro para “respaldar” sus monedas, sino dólares. Esa es una de las claves del sistema.

Además y punto (b), la Fed puede expandir la oferta monetaria con un enorme grado de discrecionalidad. Tenía mucha seguridad de que, a diferencia del Patrón Oro Clásico, los dólares que se acumularan en el exterior se quedarían allí, siendo usados como reservas para inflar la oferta de divisas de los bancos centrales extranjeros. En palabras simples, “[E]l dólar de Estados Unidos podía disfrutar del prestigio de estar respaldado por oro y al mismo tiempo no ser realmente redimible en el metal” (Rothbard, 1983: 250). Y es que, además, la inflación que realizara Estados Unidos podía ser “exportada” a los demás países. 

Es muy claro que la Fed podía expandir, había enormes incentivos para hacerlo y adquirió un margen de control de la oferta monetaria brutal. El mercado no determinaba la cantidad de dinero.

(c) Bajo el Patrón Oro Clásico, existían muchas “piscinas” (pools) con oro separadas unas de otras en el mundo, muchas veces en sus respectivos bancos centrales. Por otro lado, una de las características esenciales del sistema de Bretton Woods era propender a poner las reservas de oro del mundo en básicamente una sola gran “piscina”. Por supuesto que, afortunadamente, la centralización no fue completa y todavía quedaban varias reservas de oro en otros bancos centrales cuando el modelo colapsó en 1971. Pero bajo el sistema de Bretton Woods, únicamente un banco convertía sus notas (dólares) a oro: la Fed. Todos los demás bancos y bancos centrales, tendrían gran parte de sus reservas en dólares o convertirían sus respectivas notas a la divisa americana (Hülsmann, 2008: 217).

Debido a circunstancias históricas, Estados Unidos controlaba la mayor reserva de oro del mundo al inicio del sistema y, obviamente, ello fue uno de los factores que contribuyeron a que el dólar sea la “divisa clave”. Durante la Primera Guerra Mundial y mucho después, el país norteamericano se convirtió en un gran refugio para el oro europeo, lo que lo convirtió en uno de los dos países con mayor “piscina” de oro durante el primer Patrón de Cambio Oro (1925-1931). Terminada la Segunda Guerra Mundial, USA ya poseía la mayor reserva de oro vista en la historia. Dado el extraordinariamente grande stock de oro de Estados Unidos, podía perder reservas y el sistema “funcionar” (aguantar) por un periodo de tiempo más largo de lo normal.

En cuanto a (d), con lo explicado en el punto (a), es evidente que ni las notas de banco de la Fed (dólares) ni los depósitos denominados en ellas podían ser redimibles instantáneamente en ningún tipo de oro por parte de los ciudadanos norteamericanos. No solo no eran redimibles, sino que estaba “prohibido” que lo fueran, pues incluso poseer y atesorar oro era ilegal.

Lo que nos lleva al punto (e). Es evidente que, con la prohibición coactiva de poseer oro en cualquiera de sus formas para los ciudadanos americanos, el mecanismo fundamental de control interno de un genuino Patrón Oro queda inutilizado. Ya no es posible pedir que se rediman al instante las notas de banco o depósitos por oro y mucho menos atesorarlo. El “drenaje interno” de oro (internal drain, la pérdida de reservas de los bancos debidas al incremento de la conversión por parte de los clientes nacionales de las notas y depósitos en monedas de oro o bullion), que tiende a mantener a raya las aventuras expansionistas de los bancos, desaparece.

Al desvanecerse ese límite, el banco central y los bancos comerciales amplían el rango de expansión de medios fiduciarios que son capaces realizar. En el lugar del metal precioso circulan las notas de la Fed (dólares) como efectivo, las cuales, a diferencia del oro, se pueden crear.

Por último el punto (f) implica que al quedar anulado el dispositivo de “drenaje interno”, como vimos en (e), se pierde una parte fundamental del mecanismo de reversión clave de un auténtico Patrón Oro. Uno podría pensar que, al menos, queda el “drenaje externo” para tender a revertir las aventuras inflacionarias de Estados Unidos; sin embargo, tampoco es el caso.

Una de las características principales del Patrón de Cambio Oro en cualquiera de sus formas es que, de facto o de jure, la contra partida (el Activo) del balance del banco central que emite la divisa en circulación incluye, además de oro y deudas en moneda nacional, una gran parte de divisa extranjera convertible en oro. Como ya vimos, esas divisas extranjeras en el periodo del Patrón de Cambio Oro de 1925-1931 eran el dólar americano y la libra esterlina; pero en este caso, es únicamente el dólar americano. Esas divisas, aunque son propiedad de los bancos centrales extranjeros, permanecen depositadas en el país de origen (Rueff, 1972: 15-16). El banco central puede expandir la oferta monetaria no solo contra el oro y deudas denominadas en la moneda nacional, sino también contra dólares o deudas en dólares.

Los flujos que salen de Estados Unidos hacia un país bajo el sistema de Bretton Goods (Patrón de Cambio Oro 2) incrementa la oferta monetaria en el mercado receptor SIN reducir de ninguna manera la oferta monetaria americana. El banco central que obtiene los dólares emitidos, y hace que entren directa o indirectamente como sus reservas, los deja depositadas en el mercado de New York. Allí pueden, como antes, dar respaldo para expandir el crédito, dando préstamos a los nacionales (Rueff, 1972: 17-18).

Tal y como ocurría antes con el primer Patrón de Cambio Oro y las libras, el Sistema de Bretton Woods hace que el resto de los países piramiden sus respectivas ofertas monetarias sobre los dólares.

Si Estados Unidos expande su oferta monetaria, tiende a tener un déficit de balanza de pagos pues, ceteris paribus, los precios en el país americano suben por encima de los del resto del mundo y las importaciones aumentan mientras caen las exportaciones relativamente. Pero acá viene la clave de todo el sistema: lo que sale de Estados Unidos hacia los otros países no es oro, sino los dólares. Dólares que no vuelven a Estados Unidos a ser cambiados por oro, sino retenidos externamente para usarse para expandir oferta monetaria. USA recibe bienes y servicios reales del país exterior (importaciones) y cambio le da dólares. Los exportadores foráneos que vendieron a Estados Unidos van al banco central en su país y a cambio piden moneda doméstica. El banco central nacional imprime su divisa y compra los dólares. Por lo tanto, las ofertas monetarias y precios internos de ambas naciones (Estados Unidos y el país que le vendió bienes) crecen. En palabras simples, el Sistema de Bretton Woods tendía a crear inflación mundial.

En resumen, la Fed piramida sus notas (dólares) y depósitos (denominados en dólares) sobre sus (aumentadas) reservas de oro. Esas notas y depósitos son ulteriormente usados por los bancos comerciales como respaldo para piramidar sus depósitos. Y, a su vez, los depósitos en los bancos comerciales de Estados Unidos de los bancos centrales extranjeros son usados de respaldo para piramidar sus divisas y depósitos de la banca comercial de allá. Únicamente Estados Unidos redimía por oro los dólares o depósitos en dólares (Rothbard, 1983: 250).





Hülsmann, Jörg G. (2008) The Ethics of Money ProductionAuburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute

Rothbard, Murray N. (1983) The Mystery of Banking. Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute.

Rueff, Jaques (1972), The Monetary Sin of the West. New York: The Macmillan Company.